
Junto a mis compañeras del Equipo de Gobierno me he unido al Reto Unicef. Es una campaña que tiene como objetivo recaudar fondos para reducir las tasas de mortalidad infantil en el Cuerno de África, una de las áreas geográficas con mayores niveles de desnutrición del mundo. El hambre se agrava por la sequía, el precio de los alimentos y los flujos constantes de refugiados que huyen de las guerras.
Hay varias formas de colaborar con el Reto Unicef, desde hacer una donación simbólica, enviando un SMS para proporcionar alimento terapeútico por un día a un niño, hasta implicarse en un proyecto de mayor envergadura, o promoviendo uno mismo alguna actividad en su localidad.
Más allá de la ayuda económica puntual, que es necesaria para paliar las consecuencias inmediatas de la pobreza en el mundo, es fundamental crear una conciencia colectiva de la solidaridad. La solidaridad debe entenderse como una obligación moral de la sociedad, y no como un acto de beneficiencia inspirado en la compasión. No se trata de dar lo que me sobra, sino de avanzar hacia un mundo más justo en el que haya un reparto equitativo de la riqueza.
Podemos enviar dinero durante años a los países en vías de desarrollo para combatir el hambre y las enfermedades, pero mientras a esas naciones no se les permita explotar sus propios recursos naturales y decidir su propio destino democráticamente, seguirán siendo dependientes. Mientras no tengan una población con derecho universal a la educación, continuarán eternamente privados de su autonomía y libertad como pueblo.
Ahora que la crisis económica hace disminuir los fondos de cooperación internacional y las donaciones ciudadanas, deberíamos reflexionar sobre la monstruosidad que supone olvidarnos de quienes están mucho peor que nosotros. Occidente no puede mirar hacia otro lado con la excusa de que está resolviendo sus problemas más cercanos, porque la situación de esos países en los que los niños mueren de hambre es nuestra responsabilidad, y tarde o temprano los pobres del mundo se rebelarán contra esta injusticia que clama al cielo.
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