
Mi abuela, la única que me queda, ha cumplido 83 años. Lo ha hecho rodeada de su familia y muy cerca de donde pasó los años más felices de su vida: junto al río Guadiamar, en el entorno de la finca Mirandilla, casa de la ganadería de Albaserrada, de la que su marido, mi abuelo Domingo, fue mayoral durante casi cuatro décadas. Su rostro envejeció aceleradamente cuando se quedó viuda, y nunca recuperó por completo la alegría que le caracterizaba.
Si escribo sobre mil temas, ¿cómo no va a merecer unas líneas la abuela Francisca? Merece eso y mucho más, porque sacó adelante una prole numerosa en una época de dificultad, apenas acabada aquella guerra entre hermanos; ésas sí que eran penurias de verdad. Se lo merece por la ternura que ha derrochado con los hijos y nietos; porque aún escribe cartas por Navidad a los amigos... Merece, al fin, que pasemos más tiempo con ella.
La jornada del domingo, allí junto al río de Gerena en el que su familia creció, nos reencontramos con nuestras raíces y hallamos un espacio para la pausa, la agradable charla sin televisor de fondo, y la liberación de la esclavitud de la cobertura telefónica. Evocamos la infancia de excursiones al dique, los baños en verano y las carreras para huir de los toros que saltaban la valla. Y despedimos hasta un muy pronto al primo que marcha a las Américas a afrontar un nuevo y apasionante reto profesional.
...Y en estas llegó la tarta y nos dimos cuenta de que la culpa de todo aquello la tiene nuestra querida abuela.
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