
Siempre me ha gustado la política. Y aunque suene a tópico, creo firmemente que la política es necesaria, porque es una herramienta fundamental para organizar y transformar la sociedad. Estas sencillas razones, junto al deseo sincero de contribuir a mejorar nuestro pueblo, me empujaron a meterme en política. Intuía los sinsabores, que han llegado y más que vendrán, pero no me arrepiento de haber dado el paso. Alguien tiene que estar aquí, y yo lo estoy por una decisión personal y libre.
Ahora que las páginas de los periódicos están llenas de casos de corrupción en los ámbitos de poder y que crece la desafección de la gente hacia sus representantes públicos, creo más oportuno que nunca revindicar la política. La política, naturalmente, con mayúsculas. No me interesa la descalificación del adversario sin argumentos, los discursos estériles y las discusiones sobre temas alejados de los problemas reales. Por ese camino seguirá aumentando el número de personas que se alejan de la política. Por tanto, quienes ostentamos un cargo político debemos asumir que por encima de la dialéctica entre partidos, debe situarse el interés general de la comunidad a la que servimos. Si eso no lo tenemos claro, apaga y vámonos.
Manuel del Valle, ex alcalde socialista de Sevilla, hizo ayer unas declaraciones a los medios de comunicación en las afirmaba que le gustaría que hubiese "menos profesionales de la política; lo que hace falta es ejercerla con profesionalidad". Estoy de acuerdo con esa aseveración. Ostentar una representación política con dignidad y eficacia no está sólo al alcance de quienes han tenido una formación académica superior; hay quien tiene esa cualificación y le queda ancho el cargo. En mi opinión, la profesionalidad en la esfera pública se traduce en responsabilidad. Y ser responsable en política significa tomar las decisiones que hay que tomar, aunque sean impopulares; saber administrar los recursos que son de todos con solvencia; y configurar un buen equipo de gestión, delegando en los técnicos aquellos aspectos rutinarios que no precisan de un control exahustivo. Y por supuesto, la predisposición a alcanzar acuerdos y la cercanía a los ciudadanos son cualidades inherentes a la excelencia en la política.
Pero no sería leal con los lectores si no expreso mi contrariedad por la incomprensión que muestran algunos hacia quienes intentamos ejercer nuestras responsabilidades con honestidad y dedicación. Y es que los impacientes, los que sólo claman por su problema personal, los que exigen un trato de favor, los cenizos que únicamente pregonan lo negativo... deben ser conscientes de la escasez de recursos, humanos y económicos, que limitan el margen de acción de los gobiernos. Esa realidad determina que muchas veces no es que no se quiera: es que no se puede. No basta con la voluntad ni es tan sencillo dar respuesta a todos los problemas y demandas de los ciudadanos con los medios disponibles.
Confieso que corren malos tiempos para la política. Quienes la practicamos somos los principales responsables de su desprestigio. En nuestra conducta y en el esfuerzo por comunicarnos con la ciudadanía están las claves para recuperar la confianza de quienes nos han dado la espalda. Pongámonos a ello antes de que la distancia sea insalvable.










